Por Jonathan David Salazar Tapia, Costa Rica.

Con el incremento de la corrupción, las pifias de los gobiernos y el declive de la clase política en las naciones latinoamericanas, las personas cada vez muestran mayor desidia para con la participación ciudadana, el ejercicio democrático y, estas situaciones incrementan, cuando se trata de personas jóvenes.

Las juventudes fuimos criadas en espacios dominados por el político que colocaba a sus candidatOs a dedo, donde se normalizaron las prácticas nocivas que en los últimos años han representado los mayores peligros de la democracia. Nos enseñaron que para tener el poder había que “estar grande”, pero sobre todo, amasar amplia fortuna.

El poder ciudadano reside en la plenitud de sus integrantes. Las personas jóvenes en pleno siglo XXI, representamos la creciente generación que cada día tiene un papel más preponderante y pesado sobre las decisiones populares de cada territorio, somos la gente que tiene en sus manos la capacidad para decidir, para cambiar y para transformar los designios de una nación.

Por un lado, la clase política pierde cada día más credibilidad, pero por otro (y esta es la parte todavía más preocupante del meollo) diversos grupos sociales han crecido como la espuma, para entrometerse en el ejercicio electoral, polarizar la opinión pública y someter al electorado bajo un miedo inconmensurable que viene a constituir la peor crisis para las democracias latinoamericanas.

Y no, no me refiero a los grupos que valientemente han dejado a un lado sus miedos y la vergüenza en la que han sido históricamente enajenados, para defender sus derechos y luchar por una vida realmente digna. Hago referencia contundente a los grupúsculos que, en nombre de sus más personalísimas convicciones, quieren apoderarse de las naciones, para hacerlas cavernas opuestas a derechos fundamentales de los sectores vulnerabilizados, entre ellos las juventudes.

Entonces, ¿cuál es el rol que nos corresponde? Transgredir. Es el momento de entregar el más valeroso ímpetu de lucha en favor de nuestros más profundos ideales, pues no habrá nadie que nos entregue gratuitamente el sueño de país o región que anhelamos. Nos toca pelear, con ideas, con legalidad, con trabajo y con compromiso cívico que derrote la incompetencia, la corrupción y la prolongación de ciertas figuras desgastadas, por tantos años en el poder (sin hacer nada bueno).

Tal y como diría el escritor costarricense Fabián Dobles Rodríguez: “¡Alerta ustedes!”, no perdamos esa identidad que nos debe caracterizar como jóvenes. El vigor de nuestra generación debe descansar sobre juventudes atentas, que participen de los procesos de tomas de decisiones, de espacios donde se construya el bienestar de los pueblos.

Aspiro a una generación de gente joven latinoamericana que tome las riendas de sus naciones y construyan la región que soñamos muchas de esas personas que hemos sido acalladas por el “adultocentrismo” y por el político que pone a dedo a sus serviles. Aspiro a una generación nueva que tenga fuerza, que gane los procesos y gobierne con justicia social, transparencia y probidad.

Llegó nuestro momento, deseo que sean muchas las personas jóvenes de Latinoamérica que lean estas líneas. Las juventudes no somos el futuro, somos el presente que sacudirá las fibras más profundas de una sociedad sedienta de solidaridad, respeto y equidad entre sus partes. Tomemos el poder y demostremos a quienes nos quisieron detener, que somos la gente que sí es capaz de trabajar en horizontal, sin distingos, sin miedo a la diferencia generacional, sin miedo a las ideas, sin miedo a que la otra gente también piense.

Que cada día el sueño latinoamericano tenga un rostro más joven, no porque sea mala la participación de “gente grande”, sino porque ya fue suficiente el tiempo en que solo ustedes estuvieron, llegó nuestro momento de la historia y no titubearemos en tomarlo.

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