*Por Benjamín Álvarez

Las opiniones aquí vertidas son responsabilidad del autor, y sin ánimo de controversia o contienda alguna, basadas en el estudio personal de la Palabra de Dios, meditación y oración, pueden herir susceptibilidades, discrepar con lo aprendido, con el solo ánimo de compartir la verdad como El Señor me ha dado discernimiento para entenderla.

Personalmente, si tuviera que sintetizar la palabra de Dios en una sola frase, sería esta, pues, en mi humilde opinión, es la más adecuada.

Traducido al Español, Key significa, Llave, Clave, Tono, Tecla, y, en esa contundente frase El Señor que es la puerta, («Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos» Jn 10:9), nos entrega la llave para entrar al reino, la clave para comprender cabalmente su palabra, para que demos en la tecla, estemos a tono acorde con su voluntad.

Tiempo atrás, en una gran congregación, el Pastor definió Bienaventurados como tres veces feliz, siendo que significa, según el Diccionario de la Real Academia Española

1. adj. Que goza de Dios en el cielo. U. t. c. s.

2. adj. afortunado (‖ feliz).

3. adj. irón. Dicho de una persona: Demasiado sencilla o cándida. U. t. c. s.

Yo declino por la segunda opción, afortunado, lo que me lleva a pensar en alguien que acertó la lotería, un tipo con suerte, sin duda alguna, alguien que adquirió el billete correcto, y aquí vemos a Jesús señalándonos cómo podemos ganar la gran lotería del reino, ser pobres en espíritu.

Como programador, suelen llamarme a causa de que la PC está lenta, a veces demasiado, y, después de una revisión, habitualmente hay que formatear y volver a cargar el sistema operativo, previo haber salvado los documentos importantes.

De esta manera, me es sencillo entender a qué se refiere Jesús, tengo que formatearme de todo lo que me enseñaron mis padres, mis amigos, maestros, pastores, y cargar el sistema operativo de Dios, La Biblia.

Entonces, y sólo entonces, puedo aspirar a entrar en el reino de los cielos.(«Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación»Mt 5:4).

Una vez en el reino, recibiremos consolación mediante el Santo Espíritu de Dios en esta tierra, y después de esta vida, que es una constante prueba no exenta de tribulaciones y sufrimientos. (» para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo» 1° Pedro 1:7).

Generalmente se nos suele prometer de parte de Dios que vamos a ser prosperados, pero, si pensamos un poco, Jesús vino para morir en la cruz, los discípulos, según cuenta la tradición, murieron todos de forma violenta, igual que los profetas, ¿Porqué, tan luego nosotros, habríamos de tener un trato diferente que ellos?, especialmente en los tiempos que corren en los que, sospechosamente, nuestras libertades y derechos, mundialmente, están siendo vulnerados y anulados en supuestamente, razón del bien común…

Les reitero, nuevamente que esta es mi opinión, prestemos atención a lo siguiente («Y miré, y he aquí un caballo blanco; y el que lo montaba tenía un arco; y le fue dada una corona, y salió venciendo, y para vencer» Ap 6:2).

Sugestivamente, habla sobre «una corona», el pasaje paralelo sería («Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán» Mt 24:5).

Lamentablemente, existen personas que afirman ser el Cristo, e, increíblemente, arrastran multitud de personas que, incautamente, creen en ellos, y ni hablar de cómo nos engañan los gobernantes desde siempre.

En tiempos de Jesús era igual, las autoridades puestas por Dios, Fariseos, Escribas y Saduceos, actuaban, recordemos que hipócrita significa actor, de maneras que desataban la Santa Ira del Señor, su pecado consistía en «interpretar» las escrituras de acuerdo a tradiciones de hombres en discordancia con las expresas instrucciones de Dios de no agregar ni quitar nada de lo escrito.

De ahí las constantes discusiones con Jesús, el Hijo de Dios, quien dijo («No penséis que he venido para abrogar la ley ó los profetas: no he venido para abrogar, sino a cumplir» Mt 5:17).

La ley de la que Jesús está hablando, y que no se ha abolido, es lo que los Israelitas denominan «La Torah», y nosotros el Pentateuco, o sea, los cinco libros de Moisés, a quien nuestro Dios dictó carácter por carácter, o letra por letra lo que tenía que escribir.

Como una pequeña anécdota, La Toráh se escribió con un alfabeto pictográfico hoy día en desuso, a causa de haber sido reemplazado después de la deportación a Babilonia por otro que es el que se usa hoy en día, cada letra tiene su propio significado y, cuando se forma una palabra, los significados de los caracteres individuales forman una frase que nos dá el significado de la palabra así formada, démonos una idea, entonces, de cuánto nos estamos perdiendo, dado que, aún cuando no sepamos hebreo, podríamos entender La Toráh conociendo el significado de cada letra.

Teniendo en cuenta esto, podríamos entender, por ejemplo, que, cuando Jesús convirtió el agua en vino, lo hizo en las vasijas que los fariseos utilizaban para su ceremonia de lavado de manos, profanándolas, a ojos de los religiosos.

Asimismo, cuando expulsó los demonios del o los gadarenos, de acuerdo a cuál evangelio leamos, les permitió poseer a los cerdos porque, seguramente, serían, en mi opinión, de la Tribu de Gad, o sea Israelitas, que tienen prohibido comer cerdo, y criarlos. («10Y acercándose los discípulos, le dijeron: ¿Por qué les hablas en parábolas? 11Y respondiendo El, les dijo: Porque a vosotros se os ha concedido conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no se les ha concedido.…» Mt 13:10-11)

Jesús nos habla por parábolas, de hecho, son más fáciles de entender que los propios Evangelios, porque, privados del contexto Sociocultural e Histórico, son más las cosas que no entendemos que las que entendemos, pero eso no es excusa para no leer la Palabra de Dios,  de hecho, es nuestra obligación, ser pobres en espíritu, para poder entrar en el reino.

Dios está en todo momento y en todo lugar, conoce cuanto hacemos y pensamos, pecamos tanto por acción como por omisión, ¿Cómo entonces podemos justificarnos ante Dios?.

(«10 Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. 11 El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; 12 ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. 13 Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. 14 Os digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido». Lc 18:10-14).

Aquí Jesús nos dá una muestra del criterio bajo el cual Dios juzga nuestras oraciones, seguramente el Fariseo oraba varias veces al día, pero con altivez de espíritu, mientras el Publicano, con humildad de corazón, o pobreza en espíritu, confesaba ante Dios su pecaminosidad, con arrepentimiento, pidiendo perdón por sus fallos, alcanzando la justificación.

Algunas personas creen que orando un ratito van a justificarse y ser salvos, Dios valora tanto la calidad como la cantidad de nuestras oraciones. («Orad sin cesar.» 1° Ts 5:17)

La mejor manera de orar, en mi humilde opinión, es hablar con Dios sinceramente, reconociendo nuestro pecado, pidiendo perdón, intercediendo por los nuestros, y explorando su palabra buscando revelaciones, enseñanzas, guía y dirección, disfrutando de la hermosa compañía de nuestro Maestro, Señor y Dios, cuanto más tiempo diario, mejor.

Es mi oración haberles sido de bendición, les saluda desde Buenos Aires, Argentina, el Hermano Benjamín.

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